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  • Stella Montes

Bajo otra bandera

Una bandera por definición de diccionario es el distintivo de una nación. Pertenecemos a un Reino con un Rey. Es Jesús quien nos ha sacado del dominio de la maldad para trasladarnos a Su Reino de luz y enseñarnos a vivir bajo otra bandera, con otros principios y valores.

La bandera que nos cubre en este Reino es el Amor. No cualquier amor. Un Amor sufrido, benigno, que no tiene envidia, ni es orgulloso, ni ofensivo. El Amor no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor, no se alegra de la injusticia sino que se alegra cuando la verdad triunfa. El amor nunca se da por vencido, jamás pierde la fe, siempre tiene esperanzas y se mantiene firme en toda circunstancia.

Si Dios no llega a amarnos de esta manera jamás hubiéramos conocido el Amor. Es porque Él nos ama así, que podemos nosotros amar. Este amor no nace en la tierra sino en el cielo, y viene a la tierra en Jesús.

Jesús entregó, perdió su vida para que yo la pueda ganar. Así ama Jesús con todo y hasta el final. Al seguirle, el camino consiste en amar, perder la vida para que otros puedan ganarla. Pierdo mi vida llena de instintos egoístas para ganar Su Vida de amor y entrega.

Dios ama a todos y a cada uno de los seres humanos. En Jesús pagó el precio para rescatarnos del mal. Sobre todos sin excepción es desplegada su bandera. Pero no por ello pertenecemos a ella y recibimos sus beneficios. Únicamente, los que aceptan vivir en sus principios reciben transformación y sanidad. Por mucho que seamos amados, por Dios mismo, por nuestros padres o familias, por mucho que alguien entregue su vida por nosotros, eso no nos cambia ni nos saca de la mente amarga y enfermiza del egoísmo. No es el amor que recibimos sino el amor que damos lo que nos transforma dentro. Es nuestra respuesta al amor que recibimos lo que activa el poder sanador del amor. Si elijo la gratitud en lugar de la exigencia; si decido buscar el bien del otro antes que mi propio bien; si asumo mis errores y pido perdón en lugar de culpar a otros; si vivo perdonando los errores de los demás borrándolos sin pedir venganza; si salgo de la dura corriente de los celos y la envidia alegrándome del bien de otros tanto como de mi propio bien, entonces, cuando amo, es que experimento que pertenezco a Dios. Así, honro Su bandera, la hago mía. Una bandera es una señal inequívoca de identidad y pertenencia. El amor es lo que nos distingue, dice a quien pertenezco y de qué bando estoy.

Los principios naturales egoístas en los que nacemos nos destruyen, incluso pueden llegar a destruir a las personas que más amamos. La única Salvación posible para el hombre es recibir el Amor de Dios en Jesús, que nos amó más que a sí mismo muriendo en aquella Cruz. Es responder a ese Amor amando de la misma manera a los demás.

Tal vez te preguntas ¿Cómo puedo yo, siendo quien soy, llegar a amar así? Cuando reconoces y recibes el amor de Dios en Jesús, el mismo Espíritu de Jesús viene a vivir en ti, se derrama en tu corazón. Al ponerte de acuerdo con Él diciendo “SÏ” a todo lo que Él manda en el evangelio vas a experimentar Su vida, Su mentalidad, Su sanidad…

Estos son los principios sobrenaturales del Reino de los Cielos.

Que venga tu Reino Dios! Invade nuestras vidas con tu amor o estamos perdidos.

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