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  • Maria Garzón

Buscadores de Tesoros

Muchas veces me gusta imaginar cómo se nos vería desde fuera de la tierra. Desde esa perspectiva pareceríamos seres diminutos que día tras día se mueven por la superficie de forma inquieta y desorientada, como buscando encontrar algo de gran valor, algo que era nuestro y habíamos perdido, algo que nos daría seguridad para siempre… un “tesoro”.

Algunos parecería que lo habíamos encontrado: dinero, diversión, prestigio, conocimiento, familia, una relación, una religión… pero si pudiéramos acercar el zoom hasta el interior, hasta el corazón, veríamos la misma búsqueda, la misma ansiedad que antes, tal vez mayor por el temor a perder lo alcanzado.

Fuimos creados como los seres más ricos y seguros de la tierra. Poderosos, con conocimiento de lo sobrenatural, con autoridad para gobernar sobre toda la tierra y con capacidad para cuidarnos y cuidar de otros de forma perfecta e ilimitada. Con propósito eterno, con valor incalculable, únicos. ¿Qué hizo esto posible? Sólo una cosa: el Deseo del Creador, la Voluntad de un Dios de Amor que escogió expresar su Corazón en todo lo creado, incluyéndonos a nosotros e incluyendo una relación íntima con nosotros. Esto sí que era un verdadero tesoro: incalculable, inagotable, evidente, palpable…pero inmerecido. Cuando el hombre olvidó esto y escogió quedarse con el tesoro sin tener en cuenta al que se lo había dado ocurrió el robo más trascendental de la humanidad…lo perdió todo, sellándose su nuevo destino: ser “buscadores” insaciables de aquel tesoro tan valioso que fue robado. Ahora, en la oscuridad de la lejanía con Dios, cuando nacemos apenas si recordamos cómo era, apenas creemos que fue verdad….

Sin embargo desde “fuera de la tierra”, en esa justa lejanía, los ojos de Dios miraron y Su Amor no se pudo contener. Su Compasión conmovió el cielo y la tierra y Él mismo vino a recuperarnos. Hizo lo imposible para que pudiésemos estar de nuevo con El, pero esta vez desapercibido, casi sin parecerlo, casi sin ser reconocido, como un Tesoro escondido, formado de Obediencia, Sangre y Sufrimiento, que tenía que ser enterrado, y que sería hallado por los que le buscáramos de todo corazón.

Jesucristo es el Tesoro escondido, la Perla de gran precio, el que hizo posible que recuperara mi relación con mi Creador, con el que me ha amado de esta forma tan incomprensible...tan inmerecida.

Durante 23 años de mi vida fui un “buscador” insaciable, a veces casi un depredador implacable con los que me rodeaban, y cuando ya estaba a punto de desfallecer en la búsqueda, cuando todo era decepción, desesperanza y temor, cuando mis “falsos tesoros” se convertían en arena al tocarlos, me hablaron de Jesucristo, este Tesoro único, inigualable, incomparable, y al que debía buscar con mis ya, pocas fuerzas.

Es sorprendente que algo de tanto valor y que parecería muy difícil de encontrar, se hiciese tan cercano, tan accesible al pedirle ayuda de corazón. Me pareció como que deseaba que le encontrase, que me estaba buscando también…que encontrarme era el mejor plan para mí y para El, que encontraría mi lugar...y así fue.

No sólo me encontró Él a mí, sino que después de 34 años sigo comprobando día tras día la riqueza incomparable de Su Gracia, su perdón que hizo posible recuperar mi relación con Dios y hace posible que recupere cada una de las relaciones que se rompieron en mi vida, Su Paz que me trae seguridad y descanso en cada circunstancia, Su Amor que me hace vivir cada día agradecida sabiendo que mi vida está en sus manos y que ha preparado un lugar para estar con Él cuando termine mi tiempo en esta tierra…..Mi propósito…¿qué otra cosa tendría sentido en mi vida que no fuese darle gracias cada segundo por lo que ha hecho por mí? ¿No sería agradarle en todo lo que haga y dar todo lo que El me ha dado primero? ¿No sería dedicar mi vida a ser “buscador” de los que todavía no han encontrado el verdadero tesoro?....

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