Buscar
  • Joel Nasarre

El precio de un sueño

Lo reconozco: para mí siempre es un buen momento para ver una película. De hecho, no recuerdo ninguna etapa de mi vida en la que esto no haya sido así. Desde mis primeros largometrajes infantiles, pasando por los “taquillazos” y algún drama de los noventa, hasta el cine actual siempre he disfrutado de este entretenimiento. Y como todo amante al séptimo arte sabrá, esta afición conlleva experimentar un sinfín de emociones: satisfacción, tristeza, sorpresa, decepción, aburrimiento, miedo, nostalgia, desconcierto, indignación… Aunque la lista es muy larga, lo cierto es que en mi caso hay un pequeño puñado de películas que me han invitado a hacer algo distinto: reflexionar.

Un film que pertenece a este peculiar grupo es la aclamada por el público y la crítica Whiplash, de 2014. La trama es sencilla: en su esfuerzo por ser un buen batería, un joven con talento llega a tener por maestro a un hombre cuya forma de sacar lo mejor de sus alumnos es presionarlos con toda clase de vejaciones y humillaciones verbales (e incluso a veces físicas). Y quizá es aquí donde surge la pregunta: ¿qué es lo que me hizo reflexionar? Lo siento, pero para eso debo contar el final (o como se dice en el mundo cinéfilo, ahora hay un spoiler).

Por motivos de venganza el profesor urde una trama para que el protagonista quede en evidencia en una actuación y de esta forma acabar con su carrera musical. Cuando el plan triunfa el muchacho queda destrozado, pero tras unos instantes vuelve al escenario y comienza a tocar la batería, como si no hubiese nadie más. El resto de la banda y el público están atónitos, el profesor trata de pararlo, pero él sigue. Debido a esa persistencia el maestro empieza a descubrir su gran talento, viendo que puede ser un gran músico, y comienza a dirigirlo, hasta que profesor y alumno se compaginan a la perfección. El profesor ha conseguido sacar lo mejor de su pupilo y el joven ha alcanzado su meta. El protagonista ha alcanzado su sueño. Sin embargo (y esto fue lo que me hizo reflexionar), ¿a qué precio? En el camino hacia lo que él considera el éxito rompe la relación con una buena chica que lo ama, su carácter se ha vuelto amargo e incluso llega a límites de cierta locura. En definitiva, es un buen batería que lo ha perdido todo.

¿Sobre qué reflexioné? La realidad es que solo tenemos una vida y tenemos que escoger a qué dedicarla, cuál va a ser nuestro sueño, porque el precio de alcanzarlo va a ser muy elevado. Por eso, llegados a este punto la pregunta clave es: ¿hay algún sueño que merezca tanto sacrificio?

En todo esto, me atrevo a afirmar que Dios tiene una opinión, algo que decir al respecto. Él no quiere que invirtamos nuestros años en algo que no merezca la pena, no quiere que desperdiciemos el tiempo que nos queda. De hecho, ha diseñado una vida preciosa para cada uno de nosotros, una que es mucho mejor que la que podemos fabricar, porque nos ama y quiere que nos vaya bien. Pero, ¿nos atreveremos a renunciar a nuestros arriesgados sueños para abrazar el suyo? ¿Pagaremos ese precio?

Por mi parte, ahora mi sueño consiste en vivir esta única vida que tengo tal y como Dios quiere que la viva. Sé que invertir todo lo que tengo en lo que él ha diseñado para mí no es simplemente beneficioso, sino que es un altísimo privilegio, ya que soy consciente de cuánto me ama. Honestamente, es la mejor decisión que he tomado jamás.

648 vistas4 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo

Eufemismos