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  • Joel Nasarre

Esperanza


Hace relativamente poco han finalizado las fechas navideñas, días “extraños” en nuestro calendario en los que parece que todo se transforma. Entre todos habremos planteado millones de nuevos propósitos y buenas intenciones, deseado prosperidad a multitud de personas e intentado ayudar a generar un ambiente de optimismo. No obstante, la realidad es que en muchos lugares (en hogares, en familias, e incluso en nosotros mismos) encontramos frustración y conformismo. ¿Por qué? Frustración porque vemos cómo todo intento de mejora va cayendo ante la realidad diaria, y conformismo porque sabemos que al final todo lo que podemos hacer es adaptarnos a los problemas que nos rodean, ya que no encontramos una solución real.

Sin embargo, ante los problemas y dramas que vivimos, ante la angustia y el dolor, ante todo aquello que dice “no hay solución”, se puede escuchar un grito que suena más fuerte: “¡esperanza!” ¿Esperanza? ¿Por qué? Si vivimos en un mundo en el que no la hay, ¿de dónde viene este grito?

Hace muchos años hubo un hombre que vivía su propia tragedia: era ciego, y esta condición le había conducido a la mendicidad. Cada día consistía en la misma rutina: conseguir lo necesario para vivir un día más por medio de las limosnas que recibía. De esta forma, su vida carecía de propósito, simplemente se dedicaba a sobrevivir. Pero lo peor de todo era que él sabía que esta realidad nunca iba a cambiar. Puedo imaginar sus esfuerzos por no mirar hacia el futuro, ya que cada vez que lo hacía persistía el mismo pensamiento: “soy ciego y mendigo, y así moriré”.

En esta desesperanza un día escuchó que un tal Jesús estaba pasando por allí. Había oído historias sorprendentes de él, y si eran ciertas este hombre estaba por encima de todos aquellos problemas que eran imposibles de cambiar. En ese momento aquel ciego empezó a escuchar una débil voz en su corazón que decía: “¿y si hay esperanza?” Así que decidió reaccionar y levantando su voz empezó a llamar a Jesús. Este pequeño escándalo fue molesto para muchas de las personas que estaban allí, así que quisieron hacerlo callar. Sin embargo, ¿qué podía perder? Si Jesús no era quien parecía ser, todo seguiría igual, pero de lo contrario… Ante los intentos de sepultar su clamor, tomó la determinación de gritar todavía más fuerte. Entonces escuchó algo de revuelo, hubo unos instantes de incertidumbre, pero de repente ocurrió.

“Ten confianza, levántate, te llama”.

Aquellas palabras penetraron por sus oídos y resonaron con fuerza en su corazón. Su clamor había sido oído y la respuesta era el grito de: “¡esperanza!” Y así fue como llegó ante Jesús, aquel hombre que tenía solución para lo imposible. Ese día fue sanado, y su futuro cambió por completo.

Dios no solo puede solucionar cada imposible, sino que además quiere hacerlo.

¿Se puede oír hoy en día el grito de esperanza? Sí. ¿De dónde viene? De Dios, para quien todo es posible. ¿Y por qué hay esperanza? Porque como en aquella ocasión con aquel hombre ciego,

Dios no solo puede solucionar cada imposible, sino que además quiere hacerlo.
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