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  • Joel Nasarre

Eufemismos

Hablar. O más bien, el arte de hablar. Hay quien es experto en el tema, pero de una u otra forma todos estamos obligados, al menos en cierta manera, a dominar la materia. No todos llegamos a ser grandes oradores, pero todos aprendemos a expresarnos correctamente. A fin de cuentas, existen infinidad de palabras e infinidad de maneras de entremezclarlas. Y según cómo y dónde lo hagamos podemos ser muy mal interpretados. De esta forma, una conversación coloquial se puede llegar a convertir en un paseo por un campo de minas.

Y es aquí donde entran en juego un conjunto de palabras que nos ayudan a ser correctos a la hora de decir lo que queremos decir: los eufemismos. Reducción de personal, cuando queremos decir despido; tercera edad o incluso edad dorada, para expresar que la juventud nos dejó hace muchos años; establecimiento penitenciario (que casi suena a “amable tienda de barrio”), para referirnos a la cárcel. Estas expresiones suavizan el lenguaje, quitan la ofensa a los oídos que escuchan. De esta forma podemos expresar lo deseado sin necesidad de dañar a nadie.

Personalmente no tengo nada en contra de dichas palabras. No obstante, el problema es que hemos convertido nuestras vidas en un eufemismo. Me explico: bromeamos en cuanto a cómo nos llevamos con nuestros hijos adolescentes, cuando en realidad la convivencia es insoportable, creándose un muro que no conseguimos atravesar. Me sigo explicando: decimos que somos muy sensibles, cuando la verdad es que tenemos un concepto de nosotros mismos elevadísimo y muy distorsionado, y que este orgullo egoísta está acabando con nuestras relaciones. Y por terminar de explicarme: intentamos suavizar nuestros fracasos de diversas maneras, como por ejemplo llamándolos “ley de vida”, comparándonos con algún caso al que le va peor, echando la culpa a otros, etc. Es así como de cara a los demás creamos una fachada que nos haga quedar bien, y también es así como adormecemos nuestra conciencia para convencerla de que no nos va tan mal. Sin embargo, si quitamos semejante “eufemismo” y somos sinceros, nos encontramos con que nos hemos conformado con vivir muy por debajo de la mediocridad y descubrimos (posiblemente con horror) que no sabemos cómo revertir la situación.

En medio de este caos hay alguien que no adorna su lenguaje, que no necesita quedar bien, que dice siempre la verdad. Es cierto que nos ha resultado más cómodo relegarlo a un lugar insignificante en nuestra simulación de vida, porque era incómodo lo que tenía que decirnos. Y así, expulsándolo hemos preferido vivir una mentira que afrontar la realidad.

¿Quién es éste que no necesita halagos? ¿Quién es éste que a pesar del menosprecio por decir la verdad se mantiene en ella sin titubear? Este es Dios. Y cuando nos ve intentando aparentar que todo marcha bien, inflexiblemente afirma que estamos completamente perdidos. Pero no detiene ahí su aseveración, sino que además nos habla de pecado, de culpa, de cosas que hemos decidido ignorar, ya que nos afrentaban.

Sin embargo, tiene algo más que decir. No lo hemos podido escuchar ni creer porque hemos cerrado nuestros oídos a aquella primera verdad. Pero así como dice la verdad cuando nos señala como culpables, dice la verdad cuando afirma que tiene la solución. Esta solución es que nos puede dar una vida nueva, sin necesidad de crear un “eufemismo” que esconda lo que en realidad somos. Él nos puede dar esta vida nueva porque Jesucristo murió por nosotros para salvarnos. Y Él envió a Jesucristo para salvarnos solo por amor a nosotros.

Ahora bien, ¿Qué haremos? ¿Seguiremos remendando nuestra fachada cada vez que se derrumbe un nuevo trozo? ¿Nos mantendremos en nuestro orgullo aunque eso implique la ruina de los nuestros? ¿Diremos altivamente que no nos arrepentimos de nada, cargando a los demás con la culpa de nuestros fracasos?

Hay otra opción: dar la razón a Dios. El primer día que lo hacemos empieza una vida desconocida para nosotros en la que por fin podemos vencer, en la que ya no tenemos que vivir bajo la losa de nuestra ruina. Y es así como día a día vamos construyendo algo nuevo, siempre de la mano del Dios sincero y fiel que tanto nos ama.

Yo lo hice. Cada día lo hago. Jamás he tomado una decisión más acertada.

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