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  • Iñaki Lapetra

LA SOBERANIA DE DIOS Dios hace lo que le place

Jesús les respondió:

“No es que hayan pecado ni él ni sus padres, este hombre nació ciego para que en él se muestren las grandes cosas que Dios puede hacer”. (Juan 9: 3 PDT)


Muchas veces ocurren situaciones en la vida que no llegamos a entender, situaciones que nos sobrepasan y que nos hacen clamar a Dios por Su ayuda. Esa ayuda, muchas veces, es de una manera diferente a la que esperábamos. Y eso es por una razón: cuando Dios interviene en Su soberanía en lo que le hemos pedido, no lo hace directamente por nuestro bien, sino para que Su gloria se vea aún más palpable.

Hace poco llegó a mis manos un libro de teología que trataba sobre los atributos de Dios. Mientras lo ojeaba, no pude evitar pararme en el capítulo que hablaba sobre la soberanía de Dios; el autor lo "tradujo" a un lenguaje más llano, titulado: DIOS HACE LO QUE LE PLACE.

Dios, en Su soberanía, ha determinado ya lo que va a hacer en tu vida y en la mía, en esta tierra, pero no lo hará hasta que se lo pidamos:

Imagina un padre con un hijo pequeño muy enfermo. Sabe cuando lo mete a la cama a la noche, que se tendrá que levantar a media noche para atenderlo, y así está decidido a hacerlo.

Pero no lo hará hasta que el niño lo llame. Su llamada no hará que el papá se lo piense si se levantará o no, porque ya está decidido a hacerlo. Pero estaba determinado a no hacer nada, mientras el niño no lo llame.

Así que cuando escuche “papá”, hará lo que había ya pensado hacer.

De la misma manera, Dios ha determinado hacer algunas cosas contigo, conmigo, con esta tierra. Pero no lo hará hasta que escuche de nuestras bocas: ¡Papá! Cuando le llamemos, Dios responderá. Tan solo está esperando nuestro clamor.

Dentro de la soberanía de Dios, Su plan puede ser extraño, difícil de entender o explicar. Leí una vez una historia que así lo refleja:

“Me encontré con un hermano cristiano de la tribu Batak de Sumatra del Norte, en Indonesia. Me contó la historia de cómo su tribu había llegado a conocer a Cristo. Años atrás una pareja de misioneros vino a su aldea a hablar del Evangelio. La tribu era musulmana en su totalidad y se caracterizaba porque eran caníbales.

Dígame si no eran como ovejas en medio de lobos. Los líderes de la tribu capturaron a esta pareja de misioneros, los asesinaron y se los comieron.

Años después, otro misionero llegó a la tribu y una vez más comenzó a hablar del Evangelio. Los líderes de la tribu reconocieron que la historia que contaba era exactamente la que había contado la pareja anterior. Esta vez decidieron escuchar. Una vez que escucharon, creyeron. Al poco tiempo toda la tribu se había convertido a Cristo. Este creyente me contó que hoy en día hay más de tres millones de cristianos entre la tribu de Batak del norte de Sumatra.”

Cuando oí esta historia por primera vez, la pregunta inmediata que me vino a la mente fue: ¿estaría dispuesto a que mi esposa y yo fuéramos esa primera pareja misionera, estaría dispuesto a que me asesinaran y me comieran para que los que vengan después mí vean como esa gente viene a Cristo?.

¿Estamos dispuestos, como lo estaban los primeros discípulos, a ser los primeros que vayamos al peligro, y tal vez, a la muerte, para que quienes vengan detrás de nosotros experimenten el fruto de nuestro sacrificio? ¿Y si ese sacrificio es exactamente lo que se necesita para que muchos de los pueblos no alcanzados en nuestra tierra que hoy son hostiles al Evangelio un día puedan rendir sus corazones a Jesús?

Dios, en su soberanía, tiene un plan. Y nada ni nadie puede cambiarlo. Lo único que podemos hacer es COOPERAR con Él. La pregunta es si querré participar de ese plan, cueste lo que cueste, con tal de que la Gloria de Dios se vea manifestada allí donde esté.


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