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  • Iñaki Lapetra

Limpiados en el horno de la prueba

El oro y la plata se prueban en el fuego; nuestras intenciones las pone a prueba Dios. (Prov 17:3)


Aparta de la plata las impurezas, y el platero producirá una copa (Prov. 25:4)


Meditando en estos versículos, me acordaba de mis tiempos de estudiante en la universidad, donde aprendí cómo se obtiene el acero, formado por hierro y carbono principalmente, a partir del mineral de hierro.

Cuando se funde mineral de hierro en un horno alto, se obtiene un material duro y por tanto, frágil llamado arrabio, que apenas tiene aplicación industrial. Para convertirlo en acero; que es un material que sigue siendo duro, pero más elástico, dúctil, maleable y capaz de soportar impactos, se precisa reducir la cantidad de carbono.

Esta transformación del arrabio en acero se lleva a cabo en un recipiente llamado convertidor, y se realiza suministrando oxígeno al arrabio líquido. Este proceso se conoce como afino.

El oxígeno reacciona con las impurezas, especialmente el carbono que sobra y facilita la eliminación de la escoria formada ya que ésta flota sobre el metal fundido.





Este sencillo ejemplo nos enseña que somos como ese mineral de hierro sacado de una cantera, inútil en sí mismo, con impurezas, que nos hacen inservibles porque nos hacen ser duros y frágiles, pero que a través del fuego de la prueba, estas impurezas suben del corazón como la escoria del arrabio para ser limpiados y de esta forma obtener un carácter maleable, capaz de soportar los impactos de la vida. De esta forma, nuestras vidas son afinadas poco a poco en ese precioso convertidor que es el trato que Dios permite en nuestras vidas para que poco a poco nos asemejemos más a El, y de esta forma, como ese platero, pueda producir con nosotros una copa que contenga Su gloria.

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