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  • Adila Cabral

Más apasionada

El otro día me avisaron de que tenía el privilegio de escribir la carta para la página web. Lo primero que me vino a la cabeza fue: ¿Yo? ¿Por qué? Si no tengo nada que decir y seguro que todos los demás lo harían mejor. Esto es verdad al cien por cien. Entonces empecé a orar, pidiéndole a Dios que me diera algo para escribir. El día anterior a la fecha límite le pedí al responsable de la página más tiempo y me dio un día más. A la noche de la nueva fecha límite me acosté orando pidiendo a Dios que me diera algo. En el día previsto, a las seis de la mañana, mi hija pequeña pidió la toma. Ella es un bebé de dos meses, con lo cual las tomas de las noches todavía son muy seguidas, pero estamos intentando alargarlas. Ese día había pedido la toma casi dos horas más tarde de lo habitual. La verdad es que me caía de sueño, pero cuando la cogí en brazos, ella estaba muy hambrienta y empezó a buscar la leche donde fuera. Se metía casi toda su manita en la boca. Al verla así provocó en mi una ternura inmensa, era como si algo me removiera por dentro y me saltaba hasta la risa por el hambre voraz que tenía. No importó mi cansancio, no me importó si al ponerla en el pecho me haría daño, solo quería achucharla porque la amo.

Ahí Dios me hizo entender: ¡Ya tengo la carta! Me acordé de cómo nos está hablando Dios en casi todas las reuniones de que le busquemos a El con pasión, que corramos a Su presencia para que despierte hambre de El en nuestros corazones. Casi todos los días nos habla Dios de la necesidad de apasionarnos por El, por sus cosas. Eso me hacía pensar que yo siendo una madre imperfecta, sería incapaz de ver a mi hija llorar pidiendo alimento y no dárselo por mucho sueño que tuviera. Entonces pensé: ¿Señor, por eso nos llevas a buscarte más, por eso nos pides que nos apasionemos por ti? Pensaba que al igual que en la leche que le doy a mi hija están todos los nutrientes que ella necesita, en Dios está todo lo que necesito para vivir, y por eso quiere que yo le busque. Mientras estoy escribiendo recordaba que esta carta era muy parecida a la anterior que escribí y automáticamente pensé: ¿Qué pensarán los demás, que Dios me sigue hablando de lo mismo y no cambio? (temor de hombres). Y por otro lado pensaba: Señor, es verdad que falta pasión en mis devocionales, que ya no te busco como al inicio. Pero al momento sentí la convicción de que si yo “no podía” en mis fuerzas, entonces necesitaba pedirle a Dios que despertara hambre de El en mí, que me llevara a situaciones en las que yo tenga que buscarle con más necesidad. Pero algo dentro de mi decía: “no quiero sufrir”. Pensaba en mi familia, y que quizás Dios tenga que permitir alguna prueba, de salud por ejemplo, para despertarme a buscarle de corazón. Entonces el clamor de que no querer sufrir se levantó aun más fuerte, con lo cual me fue imposible darle la carta al responsable. No era capaz de dársela porque sabía que no estaba dispuesta en mi corazón a pedirle a Dios que hiciera lo que fuera necesario con tal de enamorarme más de El. Dándole vueltas a todo esto me acordé de que al principio, cuando Dios me encontró y me trajo al centro, lo único que yo tenía era una maleta. Esta maleta la traía cargada con ropa vieja y dolor, mucho dolor. Tambien había soledad, tristeza, odio, rencor, falta de perdón, falta de cobertura, una mente enferma y un corazón peor todavía, y faltaban las ganas de vivir. En aquella situación no me costaba decirle a Dios “te doy todo lo que tengo”.


En esa condición me encontró Dios. Él cogió todo lo que yo tenía y cambió el dolor en gozo, me limpió, me dio dignidad, me sanó las heridas, me hizo útil para Él. Materialmente me dio todo lo que necesitaba, no me ha faltado nada en todos estos años, me dio cordura en la mente y me dio un esposo y dos hijas preciosas. Dios cogió todo lo malo que traía y lo transformó en bueno. Y ahora Dios me encuentra Dios incapaz de pedirle que me enamore más de El. No soy capaz de darle lo que El me dio primero. No tenía más que una vida arruinada y El cambió mi tristeza en baile y ahora resulta que amo más la bendición que al que me bendijo.


Al ver donde estaba mi corazón, no pude hacer más que pedirle perdón a Dios por lo que estaba haciendo, por haberle quitado del trono de mi corazón, por amar a otros "dioses" para acabar diciéndole al Señor que me dio todo lo que tengo que todo es suyo. Que El haga lo necesario pero que no deje que me pierda, que no me deje ir detrás de otros amores porque sería mi perdición. Que me enamore solamente de Él, de lo suyo, de sus planes, sus anhelos, sus deseos.

Doy gracias a Dios por venir a buscarme una y otra vez, gracias por amarme de tal manera que solo busca mi bien. Gracias por cuidarme como ese Padre bueno que es. Gracias por tanta gracia inmerecida. ¡Gracias Dios!

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