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  • Maricarmen Sotés

Verdadera Valentía

Cuando pensé en escribir esta carta había un pensamiento en mi corazón que lo resumía bien una frase de Martin Luther King: “Cuando reflexionemos sobre nuestro siglo XX no nos parecerá lo más grave las fechorías de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas”.


Podemos dividir el mundo de muchas maneras: hombres y mujeres, blancos y negros, ricos y pobres, altos y bajos, sanos y enfermos, etc. Pero hoy permitidme dividirlo en dos formas de actuación: los defensores de la Justicia y los no defensores de ella.

Vivimos en un mundo con principios tan tambaleantes que hemos hecho de él un lugar inseguro, hostil a la verdad, amenazante de los principios y valores de la verdadera Justicia. Encuentro al mal, en todos los ámbitos, más atrevido e insolente que nunca, con un camino preparado para moverse a sus anchas, sembrando su semilla con total impunidad. En contraposición está el bien, abriéndose camino con esfuerzo, con respeto, con lucha, con sacrificio, trabajando de forma incansable en la consecución del objetivo de hacer un mundo mejor.


Buscando en la Palabra (la Biblia) acerca de la cobardía y la valentía, más de cien veces aparece la palabra valiente y una sola vez la palabra cobarde. Yo también quiero abundar más en la valentía que en la cobardía, por eso hoy quiero honrar a todos esos hombres y mujeres defensores del bien, escudriñadores de la verdad, comprometidos con la justicia, que a pesar de lidiar con temores, hay en sus corazones un deseo tan grande de agradar a Dios que les hace vivir con verdadera valentía y a través de esos actos diarios de valor llegan a ser hombres y mujeres valientes que siguen las pisadas de Jesús.

Hombres y mujeres que caminan por esta tierra como extranjeros y peregrinos, sabiendo que nada han traído a este mundo y nada se llevarán, siendo conscientes que mientras dure esta travesía su ocupación será la siembra y defensa del bien, con la única motivación de agradar a Dios, y teniendo la certeza que un día llegarán a su verdadero hogar y allí verán, desde la perspectiva divina, sus actos y lo que les motivó a hacerlos.


A todos ellos, que son muchos, empezando por mi esposo, hijos, hijas y consiervos amados, GRACIAS. Es un honor para mí estar a vuestro lado, contar con vuestra amistad y luchar juntos por extender este Evangelio de Gracia y Verdad que nos ha salvado la vida y nos ha dado gozo y libertad.

INFINITAS GRACIAS siempre, a Jesucristo, mi Amado Salvador, el VALIENTE con mayúsculas, de quién tanto me queda por aprender, quién siendo Dios, vino a esta tierra, se humilló, fue maltratado, aborrecido, traicionado, vilipendiado, malinterpretado y asesinado; que cuando le maldecían no respondía con maldición, cuando padecía no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente. Quién en la misma cruz rogó al Padre por todos nosotros diciendo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”; enseñándonos con su ejemplo el camino de la verdadera vida y la verdadera libertad.


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